Zoo espacial (II)

Posted on 24 agosto, 2010

2


El chimpancé Ham tras una sesión de entrenamiento/ Fuente: Time

En enero de 1961, Ham se convirtió en el primer primate en órbita. Nacido en África y con tan sólo cuatro años de edad, experimentó unos seis minutos de ingravidez que le catapultaron a la fama. El “astrochimpancé” fue entrenado para presionar determinados botones que le evitaran leves descargas de castigo. Durante el vuelo, su tiempo de respuesta fue muy similar al de tierra, lo que demostró que su capacidad de acción y raciocinio estaba intacta. Tras una misión algo accidentada, con problemas técnicos y alteraciones en el plan inicial de vuelo, Ham amerizó en medio del Atlántico con apenas un golpe en la nariz y algo deshidratado.

Su viaje dio paso al primer astronauta de la NASA, el estadounidense Alan Shepard, cuatro meses después. Ham fue trasladado después al zoo de Washington y disfrutó una vida de lujo y fama televisivos. Numerosos monos de diferentes especies fueron enviados al espacio en la década de los sesenta por Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia, la mayoría anestesiados y con implantes para monitorizar su estado vital.

Los franceses sentían predilección por los felinos, así que dos gatos cambiaron las vistas desde los tejados parisinos por una aventura espacial de más altura. Lanzado desde Argelia, el gato Félix sobrevivió a su viaje en 1963 a pesar de tener electrodos implantados en su cerebro para medir los impulsos neuronales. El segundo de ellos no corrió igual suerte.

A los primeros "gatonautas" se les insertaban chips para monitorizar sus constantes vitales/ Fuente: Space Today

En la lucha entre gato y el ratón, el último siempre ha ganado en el espacio. Cientos de ratones y ratas han experimentado la microgravedad desde los años 50. Los americanos comenzaron lanzando un ratón a 137 kilómetros en la cabeza de un misil, y tanto la Unión Soviética como China seguirían su ejemplo. La primera rata en hacerlo se llamaba Héctor, y consiguió alcanzar el espacio gracias a los franceses en 1961. Los roedores resultan interesantes para los científicos por su rápida capacidad de adaptación. Al contrario que otros animales, en apenas cinco minutos parecen flotar a sus anchas en las cápsulas espaciales.

Los únicos inconvenientes aparecen en la fase de reproducción. La Unión Soviética llevó a cabo numerosos experimentos con ratas embarazadas. En una tercera parte de los casos, el embrión no se adhería al útero e, incluso cuando todo iba bien, la madre perdía mucho peso y el feto sufría problemas de desarrollo. Debido a que el calor de los cuerpos se dispersa rápidamente en el espacio, los bebés rata sufrieron problemas a la hora de localizar las mamas, alimentarse y encontrar el refugio de sus madres. En los varones, el peso de los testículos se redujo y disminuyó la concentración de espermatozoides.

Después del alunizaje del Apolo 11, el papel de los animales se limitó al estatus de “carga biológica”. La variedad de especies aumentó exponencialmente, y se incluyeron peces, conejos, cucarachas, grillos, amebas, avispas, tritones, serpientes, ranas… Sin embargo, los animales no volvieron a las portadas de los periódicos. La excepción fue la noticia protagonizada por dos arañas comunes a bordo de la estación espacial estadounidense Skylab. Las arañas usan su propio peso para determinar la cantidad de seda que usar en la telaraña, por lo que se desconocía cuál sería su reacción en ausencia de gravedad. Aunque sus primeros intentos fueron fallidos, con algo de práctica Arabella y Anita consiguieron tejer su red una y otra vez durante dos meses. Los pasajeros arácnidos deshicieron su primer trabajo en busca del éxito. Los científicos quedaron asombrados con semejante cambio de actitud.

Mariposas a bordo de la ISS/ Fuente: Monarch Watch

Insectos como las mariposas, en cambio, no lo llevan tan bien. Fue hace poco, en noviembre de 2009, cuando nacieron las primeras mariposas extraterrestres de la historia. Estas “mariposanautas” de la especie Monarca sobrevivieron a la etapa de crisálida y emergieron como adultas en la Estación Espacial Internacional. La metamorfosis se produjo al completo, pero las pobres no pudieron volar. Las condiciones de baja gravedad las arrastraron a caóticos y fugaces vuelos, condenadas a golpearse contra la caja de plástico que constituía su hogar ultraterrestre. Su aventura espacial duró 25 días.

Varios peces han visitado el espacio en contenedores de agua presurizados (si no, ¡la microgravedad les jugaría una mala pasada!) y se ha comprobado que nadan invariablemente en círculos. Para ellos, no hay arriba o abajo. Cuando estás en el espacio, el cuerpo tiene masa pero no peso, de modo que la ingravidez trastorna el sentido de la orientación. Un pez de la especie mummichog fue el primero en “navegar” por el espacio en los años 70, y le siguieron otros tantos peces sapo, peces cebra y killis japoneses.

Los oídos internos de los peces poseen gran sensibilidad al movimiento. Gracias a ellos, los científicos pretenden averiguar más sobre los mareos de los astronautas y prever si una estancia prolongada en el espacio podría crear daños permanentes en el oído. Además, resultan muy útiles a la hora de investigar la pérdida de masa ósea en el espacio –del orden de un uno por ciento al mes- y encontrar tratamientos contra la osteoporosis.

Científicos soviéticos examinan las tortugas que, después de orbitar la Luna en la nave espacial Zond 5, regresaron con vida a la Tierra/ Fuente: Википедия

Los soviéticos se fijaron en el lento metabolismo y la longevidad de las tortugas rusas, oriundas de la estepa central asiática. Sus ventajas a la hora de enfrentarse a la aventura espacial respecto a otros animales estaban claras: no necesitan una gran cantidad de oxígeno, pueden pasar varios días sin comer y son capaces de entrar en estado de letargo. De hecho, poseen dos récords espaciales. En 1968, una tortuga rusa se convirtió en el primer animal en viajar al espacio profundo, orbitar la Luna y volver sana y salva a la Tierra. Y hace 35 años que ningún miembro del reino animal ha podido batir su marca de vuelo de larga duración: varios ejemplares permanecieron ni más ni menos que 90 días en el espacio.

Hoy en día, cada vez son menos los animales que viajan al espacio y, cuando lo hacen, están sujetos a todo tipo de cuidados. Tras años de servicio a la ciencia, el ser humano parece haber aprendido que su vida merece un respeto. Y aunque nuestros compañeros del planeta Tierra no han elegido su destino cósmico, siempre hay excepciones. En el último vuelo de una nave Apolo, en 1975, los astronautas alertaron al centro de control de Houston sobre la presencia de un tripulante inesperado: un enorme mosquito procedente de las lagunas de Florida. Después de todo, en las naves espaciales también hay polizones.

Anuncios
Etiquetado: ,