Zoo espacial (I)

Posted on 14 agosto, 2010

2


Traje espacial diseñado para los primeros canes en viajar al espacio. Este peculiar modelo se encuentra expuesto en el Museo de la Cosmonáutica de Moscú.

Algunos han nacido allá arriba, otros muchos han muerto. Cientos de animales han formado pareja, han gestado su progenie, se han reproducido y han llevado adelante una vida extraterrestre. Catapultados en naves y estaciones espaciales de todo tipo, se han mareado como los astronautas, se han recuperado de sus heridas y han sobrevivido a aceleraciones que ningún ser humano podría soportar. Se les ha anestesiado, sometido a radiación artificial e insertado implantes. Y todo para demostrar que, lejos de la Tierra, la adaptación de los seres vivos a la ingravidez es posible.

Antes de que el hombre alcanzara la órbita terrestre, circulaba entre la comunidad científica la idea de que los humanos no serían capaces de soportar largos períodos de ingravidez en el espacio. El debate estaba servido y no se sabía a ciencia cierta qué efectos podrían tener sobre las personas. Algunos apuntaban a que el hombre, ante un entorno con condiciones físicas completamente nuevas, simplemente se volvería loco. Otros seres vivos serían los encargados de dar una respuesta.

Los científicos llevan seis décadas utilizando todo tipo de animales para sus experimentos ultraterrestres. A pesar de las pérdidas, que las ha habido, su participación abrió el camino de la exploración espacial, un camino que ningún humano hubiera podido –o querido- iniciar sin los valiosos datos que se recogieron durante y después de sus vuelos. A día de hoy, el número de animales que ha estado en el espacio supera con creces al de seres humanos. He aquí una historia y un pequeño tributo a algunos de los especímenes que más han hecho, aún sin saberlo, por la exploración espacial.

Las moscas de la fruta fueron las pioneras, y ya desde los años cuarenta se las envió a más de cien kilómetros de altura en globos aerostáticos y en la cabeza de cohetes V2, más conocidos por su poder destructor durante la Segunda Guerra Mundial. Poco a poco la tripulación se fue ampliando a roedores y pequeños monos. La idea era estudiar los posibles daños que la radiación podía causar sobre ellos a gran altitud.

La perrita espacial Laika/ Roskosmos

Los perros fueron los primeros animales de peso en ir al espacio. Los soviéticos les eligieron por considerarlos lo suficientemente dóciles e inteligentes, además de ser una figura muy respetada por la cultura popular rusa. Entre su particular “casting canino”, los perros callejeros destacaron como los más resistentes. Para desvelo de los científicos, más de uno se escapó justo antes de los primeros lanzamientos suborbitales, provocando redadas de búsqueda y retrasos.

De entre todos, Laika ostenta el mérito de haber sido el primer ser vivo en alcanzar el espacio exterior. Recogida en las calles de Moscú, la fotogénica perrita sólo contaba con billete de ida, y apenas dio cuatro vueltas a la Tierra antes de fallecer como consecuencia del recalentamiento de la cápsula y del estrés. La realidad era que el Sputnik 2 que la alojaba no estaba preparado para una reentrada segura en la atmósfera terrestre, por lo que se sabía de antemano que Laika no sobreviviría al viaje. Los científicos soviéticos planearon envenenarla progresivamente durante su estancia en la cápsula, pero su muerte no siguió el plan establecido. El caso es que sólo resistió unas cinco horas tras el despegue, y la causa de su fallecimiento no fue revelada hasta décadas después de que se produjera el vuelo. Su hazaña sirvió entonces para cautivar la imaginación del mundo entero. La inmolación del can demostró además que era posible que un organismo soportase las condiciones de microgravedad, allanando así el camino a la participación humana en los vuelos espaciales.

Belka y Strelka/ Roskosmos

Tras Laika, la Unión Soviética enviaría una docena de perros más, de los cuales sólo ocho regresarían vivos a la Tierra. Belka y Strelka –Blanquita y Flechita, en español- alcanzarían también la fama por ser las primeras en sobrevivir a su periplo espacial en 1960, mientras que los chuchos Veterok y Ugoliok –Brisita y Ámbar– aún ostentan el récord canino de haber pasado 22 días en el espacio y volver ladrando.

Por su parte, los americanos pujaron por alcanzar a los rusos en la carrera espacial con nuestros parientes más cercanos: monos y chimpancés. Primates como nosotros, se valoró su capacidad para ejecutar órdenes sencillas y resolver problemas, además de compartir características anatómicas. Como en el caso de los soviéticos, los primeros lo tuvieron más crudo: en 1948, el mono Albert no sobrevivió, y no fue hasta diez años después cuando los pequeños Baker y Able, de 300 gramos y tres kilos respectivamente, completaron su misión con éxito tras haber sido encapsulados en la cabeza de un misil lanzado a casi 500 kilómetros de altitud.

El mono ardilla Baker posa junto a una maqueta del misil que le llevaría a casi 500 kilómetros de altitud/ US Army.

Continuará… (Artículo publicado en Caos y Ciencia)

Anuncios
Etiquetado: ,